El duelo no cabe en dos días

La muerte nos recuerda lo que somos: vulnerables, efímeros, profundamente vivos. Y es precisamente ahí, en ese reconocimiento de fragilidad, donde empieza el verdadero camino: no como un fin sino como una forma de continuar, de transformar la ausencia en presencia, de aprender a convivir con el huec

El duelo no cabe en dos días

La muerte nos recuerda lo que somos: vulnerables, efímeros, profundamente vivos. Y es precisamente ahí, en ese reconocimiento de fragilidad, donde empieza el verdadero camino: no como un fin sino como una forma de continuar, de transformar la ausencia en presencia, de aprender a convivir con el hueco que deja quien amamos. Pero ese aprendizaje no llega de inmediato. Antes viene el golpe.

El duelo no avisa, no tiene preparación; irrumpe sin invitación con la violencia de lo inesperado. Quien lo está transitado o lo ha vivido sabe que lo primero que llega no es el dolor sino el shock. Una especie de niebla que lo cubre todo, en la que el cuerpo sigue moviéndose por inercia mientras la mente no alcanza a comprender lo que está ocurriendo. Es un territorio sin mapas, un vacío que de pronto nos obliga a ahondar en un nuevo idioma: el de la pérdida. Y mientras esa enseñanza invisible sacude bruscamente nuestro universo interior, el mundo exterior continúa su marcha: los relojes no se detienen, las rutinas siguen su curso, los correos llegan a nuestra bandeja de entrada y las llamadas suenan reclamando soluciones. Es el contrasentido entre una realidad que demanda exigencia y un corazón que implora silencio.

Tal vez por ello, metafóricamente, se marcan en rojo los 1 de noviembre. Para aterrizar. Para recordarnos que la muerte no es una idea lejana sino una presencia cotidiana que pide pausa y mirada. No es solo una fecha en el calendario sino un refugio colectivo donde la vida, por un segundo, se permite mirar de frente a la ausencia y reconocerse en su dolor.

Sin embargo, ¿cuántas veces se nos permite realmente detenernos? Vivimos en una sociedad que premia la rapidez, la inmediatez, que aplaude la capacidad de seguir adelante como si nada, que confunde fortaleza con negación. Pero el desconsuelo no se acelera. El duelo tiene su propio pulso, su propio lenguaje, su propio calendario interior. A veces son semanas, a veces años. No hay manecilla que mida la distancia entre la herida y la aceptación.

Y en medio de esa velocidad que nos exige continuar, olvidamos que también los espacios donde trabajamos forman parte de nuestra vida. Las empresas son parte del tejido que nos sostiene, por eso, acompañar el duelo no debilita, sino que fortalece. Reconocer el tiempo que necesita el dolor es también una forma de cuidar lo que nos une.

En esta misma línea, hace unos días, conocíamos la noticia de la posibilidad de ampliar el permiso por fallecimiento hasta diez días (que no necesariamente deben ser diez). Podría parecer, a ojos de muchos, un asunto burocrático o un costo laboral más, pero en realidad es una cuestión profundamente humana, y por tanto también política: legislar el duelo es legislar el derecho a la humanidad. Es reconocer que el dolor no cabe en un formulario, que enterrar a un ser querido no se resuelve en cuarenta y ocho horas. Convertir el duelo en un trámite es negar su verdad más profunda: hay pérdidas que necesitan tiempo, silencio y cuidado.

Y no hacerlo, excluir esa tregua, no solo hiere a las personas, sino que también deja al descubierto un modelo social que mide la vida en términos de rendimiento y olvida que somos seres emocionales antes que productivos. Una sociedad que no respeta el dolor está enferma de prisa. Y un Estado que no garantiza el derecho a llorar con dignidad perpetúa una cultura que castiga la vulnerabilidad y premia la insensibilidad. Reconocer el duelo como un derecho no es un gesto simbólico: es una exigencia ética. Porque cuidar el tiempo del dolor es también cuidar el tejido humano que sostiene todo lo demás, como el trabajo, la comunidad, la confianza. Ninguna economía se derrumba porque alguien llore, pero muchas se vacían de sentido cuando nadie puede hacerlo.

Por eso, las empresas que comprenden que el duelo necesita espacio no solo muestran humanidad, sino que también construyen vínculos más sólidos con quienes trabajan en ellas. El reconocimiento de la pérdida, el respeto por el silencio y la posibilidad de atravesar el dolor con dignidad generan compromiso, lealtad y sentido de pertenencia. La productividad real no nace de quienes esconden su tristeza, sino de quienes han podido vivirla, transitarla y regresar con la energía renovada, consciente de que su experiencia ha sido escuchada y respetada.

Y quizá comprendí todo esto de verdad el día que tuve que despedirme de mi padre. Su partida dejó en mi piel la certeza de que la memoria es el territorio donde aún podemos encontrarnos con quienes nos dieron la vida; que el duelo se habita, que marca el cuerpo y el tiempo; y que la ausencia duele, sí, pero también enseña a mirar con más ternura, a vivir con más consciencia y a agradecer cada instante, incluso los que escuecen.

Desde entonces entendí que lo personal y lo colectivo no se separan: que lo que vivimos a solas también moldea la forma en que nos relacionamos, trabajamos y amamos. Por eso, cuando pienso en la importancia de reconocer el duelo, vuelvo la mirada también a Luis Sánchez García, la pluma que supo convertir lo cotidiano en belleza y la nostalgia en una verdad compartida. Su poesía nos recuerda que la memoria no olvida, que lo que amamos sigue vivo en nosotros, incluso cuando ya no está. Tal vez esa sea, al fin y al cabo, la tarea del duelo: aprender a escuchar lo que queda, a encontrar presencia en la partida y a honrar con ternura lo que sigue latiendo en el recuerdo porque, al final, el amor no muere, solo cambia de forma.

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Es posible que la tierra te cubra,que la cal dilatada te aleje,es probable que la fotografía palidezca de frío,mas no será relegado el silencioque tras la vuelta al paraísote devuelva a su ser.****A la luz del otoño dormido en tu nácarle seguirá otra llama que viene del relámpago,y la piedra imantada se tornará mármol refulgente.****Nadie muere si otro no quiere,tu ausencia solo es vagabundear por el corazónde los que te aman.****Despedida. Luís Sánchez García.Lo Inefable del Tiempo”.