Alterar, corromper, deformar, hacer que algo pierda su verdadera esencia, sus propias características.
Y así, a groso modo, podríamos definir lo que ocurre hoy en día con la fiesta de Halloween.
A estas alturas, la gran mayoría de la población ya sabe de dónde proviene esta costumbre de disfrazarse, en la víspera del día de los difuntos, para dar y pasar miedo.
Aunque de forma general se achaque a la cultura anglosajona, concretamente tiene su origen en un festival celta llamado Samhain.
Samhain significa el fin del verano y de las cosechas, la llegada del invierno. La noche oscura del 31 de octubre en la que los celtas creían que los espíritus caminaban entre los vivos.
En México, el Día de Muertos es una fecha especial que se prolonga hasta el dos de noviembre. Es tradición visitar los cementerios para convivir en familia mientras se decoran las tumbas. O realizar ofrendas en altares dedicados a aquellos que ya no están.
En algunos países de Europa Central relacionados con la tradición católica se centran en el recuerdo de los fallecidos, momento para visitarlos en el lugar donde yacen.
En Asia no existe una tradición generalizada en estos días. En grandes urbes como Japón o Corea del Sur se celebran fiestas y eventos donde acude gente disfrazada.
En España, el día 1 de noviembre es considerado fiesta nacional. Las familias llevan flores a sus allegados, arreglan, limpian, se juntan para echar un ratito recordando a los que ya no están. Es considerado un acto de recogimiento e intimidad vinculado a la religión católica.
Hoy, Halloween está muy extendido por diferentes continentes y rincones del planeta.
Ahora que ya lleva años instaurado en nuestra sociedad deberíamos darle una vueltecita para reflexionar en qué clase de festividad se está convirtiendo, cómo la queremos celebrar, qué pretendemos fomentar y abrir la mente para conseguir incluirla en nuestra cultura pero sin perder la cabeza.
La tarde-noche del 31 de octubre personas de todas las edades recorren las calles de nuestros municipios ataviados con distintos ropajes con temática de terror. Durante semanas nos atiborran de un bombardeo consumista terrorífico alrededor de Halloween. Calabazas, telarañas, disfraces, accesorios… y un sin fin de escaparates y anuncios relacionados con la llegada de la noche en la que se sale disfrazado a la calle. Pero, ¿para qué?
Es una fiesta muy popular entre los más pequeños y adolescentes, un momento para el disfrute, para divertirse durante un rato pasando miedo. Y además, es una oportunidad perfecta para trabajar esta festividad desde la perspectiva cultural y curricular.
Sin embargo, algo pasa que no está bien. O al menos para mí.
La noche del terror también la sufren vecinos y vecinas que son víctimas del vandalismo como tradición. Tienen que ver cómo jóvenes del vecindario aporrean cocheras, lanzan huevos, corren despavoridos por las calles tras sus desagradables fechorías…
La noche de Halloween es una oportunidad perfecta para aprender, para construir, para conocer sobre diferentes culturas… para recorrer calles decoradas en busca de casas que ofrezcan caramelos. En este sentido es urgente educar a aquellos que juegan al “Truco o Trato” a que solo se debiera acudir a aquellos hogares que expresen a través de símbolos decorativos en sus fachadas que allí se celebra esta fiesta y se reparten golosinas. Y para todo esto, es necesaria la educación.
Para ello, las distintas instituciones como los Ayuntamientos o Centros Escolares deben fomentar el aprendizaje y buen desarrollo de aquellos eventos que ya estamos convirtiendo en nuestros.
Durante el mes de octubre se podría dar uso de las instalaciones públicas como bibliotecas, teatros, parques, colegios, institutos… para realizar diferentes actividades alrededor de esta festividad. Cuentacuentos infantiles y juveniles, representaciones teatrales, proyección de películas adaptadas al nivel de los espectadores, etc. En definitiva, existen diversas formas de enseñar y gestionar un evento cada vez más extendido en este mundo globalizado.
El problema no es la fiesta, es la manera en la que pretendemos celebrarla.