Tratar de manera negativa es, a groso modo, hacer daño, consciente o inconscientemente. Es molestar a los demás sin tener en cuenta sus necesidades, su contexto, sus emociones…
Existen muchas formas de tratar mal, de ignorar o de omitir la ayuda y el cuidado. Para la sociedad del siglo XXI algunas de ellas son calificadas como aberrantes y otras parecen invisibles.
Según el Código Civil, los progenitores o tutores legales deben velar siempre por los intereses de los menores. Deben tratarlos bien. Protegiéndolos en hogares cómodos y seguros, procurando una alimentación adecuada y, en general, proporcionándoles una vida saludable, en lo físico, psíquico y emocional.
Y esto la gran mayoría lo sabe, y seguro que lo pretenden llevar a cabo.
Pero, qué pasa con ese tipo de maltrato silencioso, casi imperceptible, y perjudicial que lleva años dejándose entrever. Las tecnologías forman parte de nuestra rutina diaria, televisores, teléfonos, ordenadores, tabletas o relojes inteligentes son elementos muy extendidos en nuestro día a día. Podemos verlos en manos de personas de diferentes edades, en instituciones o incluso en distintos eventos. El uso excesivo de las nuevas tecnologías es un problema a nivel mundial, y es evidente que en la actualidad no podemos evitarlas pero sí debemos controlarlas.
Tratar mal el cerebro de los niños y niñas es callarlos con la pantalla mientras se come, atender el teléfono constantemente cuando se está pasando tiempo juntos, compartir a mansalva su privacidad, ignorar el tipo de contenido al que están expuestos o simplemente ser conscientes del daño que ejerce dejar en manos de las tecnologías la vida de las futuras generaciones y no hacer nada al respecto.
La ciencia ha demostrado que el tiempo que un menor de 6 años pasa frente a una pantalla es proporcional a la pérdida de su desarrollo cognitivo. El infante tiende a hablar y escuchar menos por lo que la cantidad de interacción con el entorno baja considerablemente. Esta falta de comunicación con las personas de su alrededor provoca un deterioro de sus capacidades cognitivas, sociales y lingüísticas. De hecho, ya se acuña el término de *tecnoferencia *para referirse a la obstrucción que está ejerciendo la tecnología en las relaciones humanas.
Es desconsolador ver a menores de 3 años quedarse atrapados, embobados, en una pantalla. ¿No debieran estar ensimismados en la vida que se les presenta ante sus sentidos? Un perro que pasea, las hojas del otoño caer, el sonido que hacen las motos o camiones, el olor del mar, diferentes caras, voces o ruidos, música que sale de un portal, el canto de un pájaro, el viento que les roza…
La ciencia es tajante:
De 0 a 2 años evitar pantallas siempre. Es normal que hagan video llamadas con familiares o que de repente escuchen algún sonido de la televisión y bailen al ritmo de la música.
De 2 a 5 años la tendencia debe seguir siendo cero pero se debe ser realista y saber que es muy difícil conseguirlo, por lo que lo ideal sería menos de una hora al día de uso tecnológico y exposición a pantallas.
A partir de los 6 años, los menores sufren un incremento evidente de su exposición a las pantallas debido a su incorporación a la enseñanza obligatoria. En las aulas, el alumnado debe formarse en la competencia digital con el pretexto de fomentar el pensamiento crítico. Por ello, es más complicado y más necesario establecer límites claros y justos sobre el uso de las nuevas tecnologías.
Tener estas premisas en cuenta es un ejercicio agotador. Es decir, para no enchufar al niño a la pantalla debo ofrecerle alternativas. Y esto es una ardua tarea en los tiempos que corren, es un desgaste considerable de energía para madres, padres, familiares y educadores. Los niños y niñas son curiosos por naturaleza, necesitan afrontar retos, sentir frustraciones, penas y alegrías, requieren de diferentes estímulos y aprendizajes, de contacto, de empatía, de esfuerzo… Y llevar todo esto adelante no siempre es fácil.
Es imposible negar la realidad. No es cuestión de hacer un linchamiento ni un discurso utópico sobre las nuevas tecnologías, pero sí debiéramos reflexionar sobre el principio universal de proteger a los más pequeños.
El objetivo es formar una relación sana hacia las redes y videojuegos, es aprender a elegir el tipo de películas, series o videos que quieren ver, es enseñar los peligros que se esconden detrás de la pantalla para cuidar y proteger su cuerpo, mente y alma.
En definitiva, de una manera u otra, todo el mundo utiliza diferentes tecnologías. La vida adulta requiere de ellas en inmensidad de momentos y no podemos obviarlas. La crianza y educación actual están forzadas a incluir todo tipo de artilugios digitales… y al ser humano no le queda otra que adaptarse.
Es posible encontrar alguna solución que nos convenga y que además contribuya al bienestar infantil en relación con las nuevas tecnologías. Podemos ajustar el tiempo que se usan creando acuerdos justos, podemos usarlas juntos para ver una película en familia, conocer las diferentes redes, etc. Podemos limitar el contenido al que se exponen para evitar el acceso a páginas desagradables.
Pero sobre todo, somos su ejemplo y modelo a seguir. Y por eso mismo debemos ser conscientes del uso que hacemos los adultos de la tecnología comprobando, de vez en cuando, que sea de una manera adecuada y respetuosa.