La Portada

Este miércoles, cuando caiga la noche, la portada de feria volverá a encenderse. Restaurada, brillante, convertida en símbolo festivo. El esperado alumbrao será la puerta luminosa a unos días de bullicio y celebración. Pero más allá de su belleza, la portada encierra en sí misma un símil inquietante

La Portada

Este miércoles, cuando caiga la noche, la portada de feria volverá a encenderse. Restaurada, brillante, convertida en símbolo festivo. El esperado alumbrao será la puerta luminosa a unos días de bullicio y celebración. Pero más allá de su belleza, la portada encierra en sí misma un símil inquietante: vivimos rodeados de portadas que nos ciegan, mientras detrás de ellas, lo esencial, permanece en la penumbra.

La portada es la imagen exacta de la política que nos gobierna: una política obsesionada con la apariencia y la manipulación, donde la gestión se mide por la foto. Una política que se afana en inaugurar luces y actividades vacías de contenido, hasta 600 euros de premio por trepar en un tronco sin caerse, pero que, causalmente, no encuentra fondos para sostener las actividades de las asociaciones locales que trabajan todo el año, aquellas que intentan tejer comunidad en un tiempo de soledades. Una política que presume de transparencia pero que convierte las redes sociales del Ayuntamiento de El Cuervo en el escaparte del equipo de gobierno, donde además y por si acaso, los comentarios no afines a su ideología son eliminados ipso facto, como si la ciudadanía no existiera más allá del aplauso. Una política de portada que se exhibe pero que no sostiene la vida colectiva. Una política que aparenta atención mientras vacía lo que debe sustentar.

Mientras tanto, lo profundo, lo que da sentido a la política, se olvida. Porque la política no emergió para perpetuar un sillón ni para servir de escenario sino que la política es, o debería ser, la herramienta que cambie la vida de las personas, que cuida lo común, que protege lo frágil. Y sin embargo, con demasiada frecuencia, se reduce a un simple escaparate de enfrentamientos con claro ejemplo en los plenos municipales donde las decisiones se justifican con la ley pero no con la moral y la ética, alterando así la política en un instrumento frío de poder.

Y en medio de todo ese ruido hueco, lo que va desapareciendo es lo humano. Sin darnos cuenta, vamos perdiendo la capacidad de sentirnos cerca de la otra persona, de reconocernos en su vulnerabilidad, de comprender que su vida importa tanto como la nuestra. La empatía se diluye, la solidaridad se desgasta, y con ello se rompe el hilo que nos une como colectividad. Todo eso, despliega el fracaso silencioso de nuestro presente actual: sustituimos la humanidad por el espectáculo, la profundidad por la portada, la cercanía por el individualismo. Hacer política desde la mirada de lo humano no es solo un principio sino que es un acto de responsabilidad, cuidado y coraje. Significa priorizar lo común sobre lo individual, apostar por la unión, transformar las diferencias en oportunidades de escucha y apoyo mutuo, y actuar con bondad por encima de la simple legalidad. Y por supuesto, significa que nuestra política local no puede ignorar el sufrimiento ajeno, no es un hecho aislado la ausencia del Partido Popular a la concentración del pasado 3 de octubre por el fin del Genocidio en Gaza en la Plaza de la Constitución sino un reflejo de cómo la política de portada renuncia a actuar por justicia y solidaridad cuando los intereses inmediatos pesan más que la integridad.

El reto de nuestro tiempo es ir más allá de las portadas. Cuando las luces se apaguen quedará la estructura restaurada simulando aquella Casa de Postas, símbolo de lo que somos y de lo que podríamos ser y que nos recuerda que nuestra identidad no se sostiene en fachadas ni en actividades de escaparate, sino en la capacidad de reconocernos en los demás, de tender la mano, de actuar con empatía y solidaridad. La verdadera política, la que transforma, protege y construye comunidad, nace de ese hilo invisible que une lo local con lo global, lo cercano con lo lejano, lo propio con lo ajeno. Y si queremos que nuestra sociedad brille más allá de los alumbrados efímeros, debemos aprender que cuidar de lo humano, aquí y ahora, es la única luz que nunca se apaga.

¿Seremos capaces de mirar más allá de la portada?